sábado, 23 de agosto de 2008

Me cago en...

Me cago en las guiris que llevan gafas de sol diez tallas mayores al tamaño de su cara -y no digamos de su cerebro-, en los solidarios de pandereta con las banderas a media asta, en los grupos de feas que se reúnen para ahuyentar los mirones, en las chapitas temáticas que lucen engendros del pleistoceno que luchan por hacerse un hueco en la civilización.

Mi comportamiento barojil se agrava por momentos, máxime después de un paseo vespertino por el centro de esta nuestra urbe. Mientras decenas de ex-toxicómanos se afanan por mantener limpia la vía pública, contemplo atónito como su lucha titánica es perdida ante decenas de miles de cerdos apestosos con gorro mexicano incluido. Me explico: el Homo turistis -podríamos discutir este género hasta incluso poner en duda que se trate del reino de los animales- es un llamémosle ente originario de latitudes superiores que busca calor, ya sea humano, ya sea solar, en verano. Así pues, podríamos asimilarlo a una golondrina. Sus costumbres civilizadas topan de frente con el allioliolé nacional desde el primer momento, dando lugar a una reacción física cercana a la fusión de núcleos, pues en cuestión de horas su actitud se deforma tanto como las facciones de Michael Knight después de un atracón de birra. Este afloramiento de sus impulsos más primarios es altamente contagioso en un entorno propenso al jilipollismo extremo; últimos reductos de jóvenes indígenas miran boquiabiertos el espectáculo tribal norteño, planteándose acto seguido si no deberían empezar a nadar en sentido de la corriente [inciso: un jipi barbudo con verruga ha entrado en la sala]. Despavoridos, huyen en dirección Tallers -o Tallers Street para los progres, o Tallers Strasse para los nostálgicos- donde, tirándo de plástico, adquieren productos fruto de escrupulosos trabajos de investigación, ya sean gafas de sol modelo persiana -poniendo en entredicho el futuro de este objeto tricentenario-, tejidos 100% uralita [entra otro jipi asqueroso merecedor de horca] o chapas de hojalata, símbolo de adhesión a la causa en su origen, símbolo de imbecilidad mental en su decadencia. Luego, o bien en grupo, o bien en solitario, con unos audífonos dignos de la más fea diadema de Heidi, se pasean impunemente sin rumbo alguno por el maltrecho pavimento de la Ciudad Condal, sólo interrumpiendo su trance psicoemocional con llamadas de teléfono, videollamadas, videoconferencias, artrocinética o ziritione.

Lo más sorprendente del caso es que las fuerzas de orden público no procedan a su detención y registro inmediatos, pues entre sus chichas se esconde un alijo de droga tal que ni la DEA podría sospechar de su existencia. Supongo que extraer tanto psicotrópico de su sangre supondría una inversión sólo rentable para el rey Abdullah bin Abdulaziz al-Saud. Personalmente, sometería a su detención preventiva y posterior experimentación para determinar si la mezcla de elementos radiactivos o de cianuro de hidrógeno con cocaína es capaz de revertir su aletargada función cerebral.

Se me está entumeciendo el cerebro por momentos, necesito un estimulante más. Adoro este capitalismo en que metes la moneda en el agujero y algo deseado sale por otro orificio. Para que lo entendáis, queridos míos, os haré un rudo y vulgar símil. Si introduces analmente y carnalmente un objeto con suavidad puedes obtener un chorro de felicidad por otro -válido tanto para hombres, mujeres o transexuales, sea cual fuere su orientación sexual- Podemos afirmar, pues, muy señores míos, la naturaleza erótica de las máquinas de café, las tragaperras o los expendedores de sellos.

Continuaremos en breve desglosando las trifulcas de un ente orgánico como yo para explicaros con detalle el significado íntegro del primer párrafo, pues algunos ya tenéis el grito en el cielo.

viernes, 22 de agosto de 2008

Gris

Pequeñas pérdidas contínuas de fluido vital menguan mi energía, que fluye vastamente por todos los poros abiertos de par en par. Transcurren las horas mientras divago sobre cuál es el sentido del ser. Simples razonamientos filosóficos podrían acabar en un santiamén con todas mis cavilaciones, pues carezco de todo argumento que se sustente algo más que castillos en la arena.

Releyendo textos que creía haber estudiado con detenimiento me percato de que jamás supe de su existencia, pese a tenerlos en mi haber, cubiertos de polvo por el desuso. Uno de ellos me traslada ipso facto a una esfera del conocimiento superior, donde la mezcla racial conlleva la sublimación de las emociones... Súbito, una mujer interrumpe mis elucubraciones, viste de negro desde la coronilla hasta donde se sustenta el peso del estar. Salta a la vista que su porte es histriónico y absurdo, más propio de un lemur que de un ser humanizado; seguro que se regocija de ello cada vez que se contempla entre espejos. Mas su exclusividad sólo es inclusiva, pues rostros humanoides altamente parecidos al suyo copan este entorno tan enrarecido de inteligencia y vulgaridad. Un vistazo fugaz, como una estrella en vacaciones, me descubre una sonrisa amigable, sutilmente tapada por los surcos de la llorona; el ser de la guadaña ha reaparecido, aguardando cínicamente que en breve se tornen cianóticos sus finos labios de mujer.

Descanso.

Tras una pausa para coger aire y llenar mi sangre aún más de café
macchiato aguado, no sin dejar de contemplar los ademanes de comprensión mútua de dos interlocutores extranjeros, me paseo por el claustro bajo el cielo amenazador. Un non-grato viento otoñal ahuyenta las sílfides que, aterradas, se refugian entre calcárea centenaria. Yo, alelado por tamaño espectáculo, bajo los párpados mientras son escupidas las primeras lágrimas de la tormenta. Prosigo mi viaje.